Ningún pueblo carece de historia, pero si ésta resulta desconocida para sus habitantes, convendremos en que se encuentran huérfanos al ignorar el pasado histórico del lugar en el que viven. Por ello, como un humilde seboruquense, no poeta ni letrado, pero sí como un hijo que ama este pueblo anclado en dos cerros, Alto del Niño y San Diego, con mi mente lúcida a mis 81 años, quiero dejar plasmada parte de la historia de la población de Albarico.
No resulta fácil expresar los sentimientos que he tenido mientras iba documentando y escribiendo este libro sobre mi pueblo natal, Seboruco. Recuerdos afectivos de la infancia y juventud han aflorado continuamente sin poder evitarlo: Seboruco es un camino interminable de ayer y hoy, con un pasado histórico digno de recordar.
Hombres y mujeres, sepan que esta tierra es de gracia y bendecida por Dios, de gente laboriosa con gestos de amistad que se ven y se sienten en cada esquina, en sus Plazas Bolívar y Sucre, con recuerdos que no se olvidarán, como mi amigo el viejo Samán que me vio cuando niño dar vueltas a su alrededor al son de la retreta.
Seboruco, eres la tierra que me vio nacer, que me vio crecer; tus calles de tierra y piedra nunca las podré olvidar, la casa humilde donde nací, viví y jugué. Fui recibido por mi abuela Giovanna Sposito y una gran señora que era la comadrona del pueblo, llamada Petra Salgar.
Mi pueblo querido, estás sobre la meseta; suave inclinación te obliga a mirar hacia el poniente, tus calles alargadas, hermosa Plaza Bolívar en donde todos tus habitantes nos reunimos para disfrutar la brisa que baja de las montañas. Al frente, nuestros ojos observan una estructura imponente: la iglesia; alzo la mirada y miro el campanario, que sostiene las mismas campanas que voltearon el día en que fui bautizado.
Nunca me fui, aquí me quedé, adorando mi terruño, caminando por sus calles con felicidad y orgullo, y aquí, pueblo querido, me quedaré por siempre. Observo la neblina que todas las tardes arropa nuestro pueblo, nos cubre como el manto de nuestra madre protegiendo a sus hijos.
Con amor y mucha esperanza logré hacer estos apuntes, recopilando información valiosa para que, quien los lea, los reciba en su mente como un regalo de la historia de un hombre que tuvo la suerte de nacer, crecer, formar una familia y ser el primer alcalde de esta meseta pegajosa de amor y amistad. Seboruco, tierra bendecida de paz y de gracia.
— Rigoberto Vito, a sus 81 años